Después de que el hombre oró con sus seguidores, entró en un jardín. Era un lugar tranquilo al que solía ir con ellos. Pero esta vez, el jardín se convirtió en el escenario de su traición. Uno de los discípulos del hombre llegó acompañado de soldados que llevaban antorchas y armas. Cuando los soldados preguntaron si él era el hombre que buscaban, respondió: "Yo soy." Ante estas poderosas palabras, los soldados retrocedieron. Aun así, el hombre permitió que se lo llevaran. Uno de sus discípulos intentó defender a su maestro, y con una espada le cortó la oreja a uno de los soldados. El maestro lo detuvo y sanó la oreja del hombre. Le recordó a su discípulo que no resistiría con violencia, sino que aceptaría la copa de sufrimiento que le había sido preparada. A partir de ese momento, el maestro sería llevado de un líder a otro —de líder religioso en líder religioso, y finalmente ante el gobernador. Los líderes religiosos lo acusaron falsamente, pero el hombre permaneció en silencio. Hasta el propio gobernador reconoció que no encontraba ninguna falta en él, y sin embargo cedió ante las exigencias de los líderes religiosos. Mientras tanto, uno de los discípulos, temeroso de ser arrestado también, llegó a negar incluso conocer a su maestro. A través de todo esto, su maestro permaneció sereno y dispuesto a sufrir. Era inocente, como los corderos sin mancha que también serían sacrificados ese día. Su misión era tomar el lugar de los culpables. Él mismo sería el sacrificio por el pecado.
Retrato 18 de 21
Nuestro Sustituto
“¿No he de beber la copa que el Padre me ha dado?”
Reflexiones para Meditar
Un hombre inocente entrega su vida por los culpables.