Retrato 19 de 21

Nuestro Sacrificio

““No hallo culpa en él.” Aun así, los líderes gritaron: “¡Crucifícalo!””

Cuando el gobernador tomó preso al maestro, lo azotó. Los soldados le hicieron una corona de espinas y se la clavaron en la cabeza. También le pusieron un manto de púrpura real y se burlaban de él como si fuera rey. Lo golpeaban y se reían. Pero después de todo esto, el gobernador le dijo a la multitud: "Yo no encuentro ninguna culpa en él." Aun así, los líderes religiosos gritaban: "¡Crucifícalo!" Cuando el gobernador escuchó que el maestro se había llamado a sí mismo el Hijo de Dios, tuvo miedo. Lo interrogó de nuevo, pero el maestro le recordó que cualquier autoridad que tuviera el gobernador venía de Dios. El gobernador quería soltarlo, pero la multitud insistía en que no tenían más rey que César. Así que el gobernador entregó al maestro para que fuera crucificado. Cargando una cruz de madera, el maestro fue llevado fuera de la gran ciudad a un lugar llamado la Calavera. Allí los soldados lo clavaron en la cruz que él mismo había cargado y lo pusieron entre dos ladrones. Colocaron sobre él un letrero que lo declaraba rey del pueblo. Luego los soldados se repartieron su ropa entre ellos. Allí, junto a su cruz, la madre del maestro y algunos de sus discípulos permanecieron de pie mientras la vida se le escapaba. El maestro los miró y le dijo a uno de sus discípulos que desde ese momento tendría que cuidar a su madre. Entonces inclinó la cabeza y entregó su espíritu. Cuando sus seguidores tomaron su cuerpo sin vida de la cruz, lo envolvieron en lino con especias aromáticas, lo pusieron en un sepulcro vacío en un jardín, y rodaron una gran piedra para cubrir la entrada.

Reflexiones para Meditar

Este hombre no hizo ningún mal, y sin embargo sufrió la muerte de un criminal. Su vida fue un sacrificio por los culpables.