Las multitudes seguían al maestro adondequiera que fuera, atraídas por los milagros. Un día, en una colina cerca de un lago, más de 5,000 personas se reunieron para escucharlo hablar. Al avanzar el día, la gente comenzó a tener hambre. Al ver su necesidad, el maestro tomó cinco panes y dos pescados del almuerzo de un muchacho. Dio gracias a Dios, partió el pan y comenzó a repartirlo entre sus discípulos. Ellos, a su vez, distribuyeron la comida entre la multitud. Cuando todos habían comido y estaban satisfechos, recogieron las sobras en doce canastas. La multitud quedó asombrada. Querían hacerlo su rey, convencidos de que ese poder podía suplir todas sus necesidades. Pero el maestro se apartó de ellos, porque esa no era su misión. Más tarde, al otro lado del lago, les habló de nuevo. "No busquen el alimento que perece", les dijo, "sino el alimento que permanece para vida eterna." Pero ellos le pidieron otra señal, una semejante a la que su profeta Moisés había hecho para sus antepasados cuando llovió maná del cielo. Fue entonces cuando él les dijo: "Yo soy el pan de vida. El que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, nunca tendrá sed." Algunos quedaron confundidos, otros ofendidos. ¿Cómo podía ese hombre afirmar que daba la vida misma? Pero él les explicó que así como el pan nutre el cuerpo, él nutriría el alma. Muchos se dieron la vuelta y se fueron, incapaces de aceptar sus palabras. Pero quienes se quedaron lo sabían—no había a dónde más ir. Solo él tenía palabras de vida eterna.
Retrato 6 de 21
Pan de Vida
“Yo soy el pan de vida. El que a mí viene nunca tendrá hambre, y el que en mí cree no tendrá sed jamás.”
Reflexiones para Meditar
Nuestros cuerpos necesitan alimento, nuestros espíritus necesitan algo mayor—un sustento duradero que solo uno puede proveer.