En la noche de una gran fiesta para recordar la milagrosa liberación que Dios había obrado en el pueblo, sacándolo de la esclavitud, el maestro se reunió con sus discípulos para lo que sería su última cena con ellos antes de entregar su vida. La habitación estaba llena del sonido de música, del aroma de la comida y del dulce perfume con que había sido ungido, pero entonces ocurrió algo completamente inesperado. En medio de la cena, el maestro se levantó, se quitó el manto exterior, se ciñó una toalla a la cintura y echó agua en un recipiente. Luego comenzó a lavar los pies de sus discípulos. En aquella cultura, la gente caminaba a todas partes por caminos polvorientos usando sandalias, de modo que lavar los pies era una tarea sucia, que generalmente realizaban los sirvientes, no los maestros ni los líderes. Pero este maestro, su Señor, se arrodilló y lo hizo él mismo. Cuando llegó a cierto discípulo, este quedó atónito y le dijo: "Señor, ¿tú me vas a lavar los pies a mí?" Al principio se negó, pero el maestro le explicó que aquello era algo más que simplemente tener los pies limpios—era una imagen de la limpieza interior del alma. Entonces el discípulo le pidió que le lavara no solo los pies, sino también las manos y la cabeza. El maestro le dijo que quienes le pertenecen ya están limpios, pero que solo necesitan esta purificación cotidiana. Después de lavarles los pies a todos, el maestro les dijo: “Yo les he dado un ejemplo, para que ustedes hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes.” Les estaba enseñando que la verdadera grandeza nace de servir a los demás con humildad y amor. Esa misma noche, el maestro también les dio un mandamiento nuevo: “Ámense los unos a los otros, así como yo los he amado.” Esta clase de amor es mucho más que un sentimiento—significa dar, ayudar y servir, incluso cuando no es conveniente ni cómodo.
Retrato 13 de 21
El Siervo
“Ámense los unos a los otros como yo los he amado.”
Reflexiones para Meditar
Este maestro demostró que es un rey siervo. Llama a otros a seguir su ejemplo.